Toqué su hombro queriendo voltear su cuerpo hacía mi para verla. Huía. Inclinaba mi cabeza para poder observarla. Me evitaba. Llevaba treinta años sucediendo, cuarenta y ocho, cincuenta y siete, veinticinco, todas las edades del tiempo.
No es que no quisiera verme, es que simplemente le costaba. Dolía.
Yo lo había notado hace un par de semanas, cuando levantando pesas en el gimnasio me di cuenta que veía la punta de mis hombros, veía mis manos elevando las pesas hasta mi pecho, veía un punto fijo para mantener la concentración, pero no podía sostenerme la mirada. Dolía. Me dolía.
Llevaba treinta y siete años sucediendo, diecinueve, setenta y ocho. Y ya no lo soportaba más. Pesaba.
Pesaba más que todos los escombros que arrastraba para buscar refugio, más que todas las lágrimas que almacenaba en el estómago, más que todas las letras que nunca armaron una frase, siquiera una palabra.
Las palabras.
Nunca me había animado a hablarle. Yo simplemente esperaba que se abriera ante mí, así, sin más. Me faltaba ver más allá.
Ir más allá. La miré y le hablé. Y desde sus escombros comenzó a emanar frases hiladas por el llanto. Y la vi. Por fin se mostró ante mí.
Me vio con sus grandes ojos marrones y cejas pobladas, y no tuve ninguna duda de que quería seguir viéndola hasta el fin de mis días. Era ella, la de aquí, la de allá, era yo, éramos todas.
Era la certeza de que ya no tendría que cargar con el peso del mundo sola.

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