
Al girar por la calle quinta me percaté que
durante los casi dos kilómetros que había recorrido desde Las Aguas hasta la Plaza de Bolívar,
mi único pensamiento había sido ella.
Me percaté porque a pesar de poseer los reflejos de una mosca,
no pude evitar que se me cayera el corazón por la rendija de una alcantarilla.
Justo ese día Elena me lo había devuelto.
Llevaba el pelo suelto, un abrigo negro hasta los tobillos y botas, no hacía buen clima en Bogotá.
La vi desde la cera del frente, corriendo para cruzar la calle.
Correr, ese era su problema.
Su afán más el impacto de un carro detuvieron a la atleta en potencia.
Sentí morir.
Elena poseía unas piernas de acero que yo desconocía.
Nunca me detuve a detallarlas.
Pensé que sería la última vez que la vería
sin saber que sería la última vez que lo haría.
Se levantó con la misma frescura y tranquilidad de quien se agacha a recoger un billete del suelo
y terminó de cruzar la calle.
Corriendo.
No me sorprendía, así era Elena,
cuando las circunstancias y el tiempo parecían derrotarla,
ella se convertía en cronos y devoraba todo lo que había a su alrededor.

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